Politólogo, Yosbert Vásquez
Durante años, América Latina pareció condenada a repetir el mismo guion: cuando la
derecha fracasaba, la izquierda prometía justicia; cuando la izquierda decepcionaba, la
derecha regresaba. Pero algo cambió. Esta vez no estamos simplemente ante otro
movimiento pendular: estamos ante una mutación del electorado latinoamericano.
Argentina con Javier Milei, Ecuador con Daniel Noboa, Chile con José Antonio Kast,
Bolivia con Rodrigo Paz y, más recientemente, Colombia con Abelardo de la Espriella
muestran una tendencia difícil de ignorar: el votante está premiando discursos de orden,
seguridad, autoridad, reducción del Estado, libertad económica y ruptura con las élites
políticas tradicionales. En Colombia, la victoria de De la Espriella fue particularmente
reveladora: derrotó por un margen muy estrecho al candidato continuista de Gustavo
Petro, en una elección prácticamente partida en dos.
La pregunta relevante, sin embargo, no es por qué está ganando la derecha. La
verdadera pregunta es por qué la izquierda está perdiendo.
La respuesta no está únicamente en la economía. Está en la incapacidad de buena parte
de la izquierda regional para actualizar su lectura de la sociedad. Mientras el ciudadano
comenzó a preocuparse obsesivamente por la seguridad interna, el narcotráfico, la
migración irregular, la estabilidad institucional, el costo de vida, el empleo y el deterioro
de los servicios públicos, sectores de la izquierda continuaron hablando como si la
principal batalla política siguiera siendo la redistribución contra el neoliberalismo.
El resultado fue devastador: la izquierda perdió el monopolio del discurso social.
La derecha entendió algo elemental: una familia que teme que su hijo no vuelva vivo a
casa no está pensando primero en teoría económica; está pensando en seguridad. Un
trabajador que pierde poder adquisitivo no quiere una explicación ideológica sobre el
capitalismo; quiere recuperar capacidad de compra. Y una clase media que siente que
paga impuestos para recibir servicios deficientes empieza a preguntarse si el Estado está
protegiéndola o administrándola.
Ahí apareció la nueva derecha.
No necesariamente una derecha clásica, institucional y liberal. Es algo mucho más
complejo: una derecha emocional, digital, nacionalista, antisistema y enfocada en
recuperar el control. Kast ganó Chile explotando el miedo al crimen y la migración. De la
Espriella hizo de la seguridad y la recuperación económica el centro de su propuesta
colombiana. Milei convirtió el cansancio social contra la “casta” en una identidad política.
Pero aquí aparece la paradoja.
La derecha está ganando elecciones en sociedades que todavía no han resuelto las
causas estructurales que produjeron el descontento.
América Latina crecerá alrededor de 2,2% en 2026, según la CEPAL, mientras enfrenta
restricciones fiscales, tensiones geopolíticas y un escenario internacional menosfavorable. El FMI, por su parte, advierte que la región dispone de poco espacio fiscal para
responder a nuevos shocks.
Por eso, el corto plazo será decisivo.
Escenario político: la derecha probablemente continuará expandiéndose mientras
pueda demostrar resultados en seguridad y estabilidad. Pero si convierte el combate
contra la izquierda en su único programa, comenzará a consumir rápidamente su propio
capital político.
Escenario económico: habrá presión para reducir gasto, atraer inversión, liberalizar
mercados y reformar estructuras fiscales. El problema será la velocidad. El ciudadano
que votó por austeridad también exigirá empleo, salarios y servicios. Una reforma
técnicamente correcta pero socialmente mal administrada puede convertirse en
combustible para una nueva reacción.
Escenario social: la polarización no desaparecerá; cambiará de protagonista. La batalla
ya no será únicamente entre “socialismo y capitalismo”, sino entre orden y caos, élites y
ciudadanos, seguridad y libertades, Estado y mercado, tradición y progreso.
La izquierda, entretanto, enfrenta una decisión existencial: modernizarse o convertirse en
una fuerza testimonial. Su problema no es solamente haber perdido gobiernos. Ha
perdido capacidad narrativa. Y en política, quien pierde la narrativa termina perdiendo
la interpretación del futuro.
Pero cuidado con declarar vencedora a la derecha.
La historia latinoamericana demuestra que ningún péndulo permanece eternamente en
un extremo. El verdadero ganador será quien consiga transformar el resentimiento en
resultados, la indignación en gobernabilidad y el miedo en esperanza.
Porque América Latina no está enamorándose de la derecha. Está castigando a
quienes considera incapaces de resolver sus problemas.
Y esa diferencia es estratégica.
La derecha que no entienda esto podría descubrir, dentro de pocos años, que el mismo
electorado que hoy la llevó al poder también está preparando su reemplazo.
El péndulo no cambió de dueño. Cambió de exigencia

