En ese marco, el espectáculo de Bad Bunny trascendió lo musical para convertirse en un gesto de resistencia simbólica y de afirmación identitaria. Fue, ante todo, una celebración de la diversidad y una reivindicación del orgullo latino en uno de los escenarios de mayor visibilidad global.
El espectáculo de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl LX no fue simplemente una puesta en escena musical; constituyó una declaración cultural con resonancia continental. Más allá de gustos personales —como ocurre con el reguetón, género que divide opiniones—, la propuesta artística presentada ante más de 135 millones de espectadores destacó por su creatividad, su cuidada producción escénica y una narrativa simbólica profundamente arraigada en la identidad latinoamericana.
Desde el centro del espectáculo deportivo más visto del planeta, el artista puertorriqueño convirtió el escenario en plataforma de afirmación cultural. Con el grito de “¡Qué rico es ser latino!”, y cantando íntegramente en español, reivindicó la lengua y la herencia compartida por millones de hispanohablantes, incluidos los más de 40 millones que residen en Estados Unidos. El mensaje evocó, de forma implícita, la idea planteada por John F. Kennedy en su libro A Nation of Immigrants, donde subrayó que Estados Unidos se ha forjado con el aporte de sucesivas olas migratorias.

